Saavedra
Ya no sabía dónde ponerlas. En la cocina, en el living, hasta en el baño había verduras. Estaba enamorada del chico de gorra que trabajaba en la verdulería y por más que saliera para otra cosa siempre encontraba una excusa para comprar algún zapallito. Me había convertido en una experta en hortalizas y una amante de las frutas pasadas. Sabía todos los nombres exóticos, había probado cada uno de los manjares y me había olvidado de mi condición de carnívora. Habrá sido por mi distracción que nunca sentí que él lo notara, hasta el día que compré los tres kilos de rabanitos y él lo notó. Y nunca más me animé a volver.
Me acuerdo, era un martes de diciembre, el sol había hecho la siesta más corta y la gente caminaba arrastrando el alma, como si les pesara. El espejismo húmedo de Saavedra había engañado a un viejo que corría a zambullirse, la señora Coca estaba sentada en una silla plegable en la vereda y yo salía con mi sombrero de paja a visitar a Julia. Transpirábamos mientras tomábamos un mate asqueroso y lavado. Éramos amigas por los años que nos unían pero sin querer habíamos olvidado cómo reírnos. El tiempo molestaba y el barrio parecía incoloro. Lo único que amaba de Saavedra eran mis profundos amores que me hacía llenar la casa de chucherías que nunca me interesaron. Mi living fue un parque de diversiones para hamsters y el baño una jaula de canarios cuando me enamoré de Luis, el veterinario. También, compré hasta el cansancio papel celofán y gachitos de colores cuando me enamoré de Juan, el de la librería. Y hasta tuve problemas con la policía porque creían que había puesto un negocio clandestino de remedios cuando me enamoré de Martín, el farmacéutico. El amor nacía y moría por aburrimiento. Eran hombres que estimulaban mi obsesión de consumo y pasaban fugaces por mi vida, sin enterarse que intentaba seducirlos con cada compra. Una rutina que le daba tregua a mi vacío barrial y que ese día avivó a Pedro, el chico de la gorra.
Entré a la verdulería sin saber qué comprar y ahí estaba él, parado con esfuerzo a pesar de su languidez. Yo solía no mirarlo, simulaba un exhaustivo estudio de las verduras, señalaba cuáles iba a llevar, pagaba y me iba. Ese martes examiné los rabanitos, y sin despegar la mirada del piso le dije: “Tres kilos, por favor”. Él no se movió pero me había escuchado. Yo no me animaba a levantar la cabeza y la adrenalina me recorrió el cuerpo en un instante nefasto. Y por fin, pero para mi desgracia, habló: “¿Está segura que quiere otros tres kilos de rabanitos?”. Y el piso se volvió arena movediza que parecía succionarme. Me sentí tan frágil que pensé que había perdido el habla. Pero por reflejo de la misma adrenalina le respondí: “Sí, ¿por qué?” Y asomando sus ojos castaños por debajo de la gorra me dijo: “Porque ya vino dos veces a comprar rabanitos hoy”. Sentí que el techo de la verdulería me aplastaba. El silencio ahogó el lugar y yo me aislé en un intento inútil de rebobinar el tiempo. Cobarde y vulnerable caminé encorvada hacia atrás, como si hubiese envejecido en diez segundos. Él me miraba entendiendo todo, pidiéndome perdón en silencio por haberme preguntando, pero yo ya me había espantado. Acababa de descubrir el porqué de mis compras, ese enfermo placer que sentía cuando entraba a cada negocio, ese regocijo que calmaba mi miedo hacia los hombres. Y entonces recuperé la agilidad de mi edad y corrí, para no volver nunca más a Saavedra.
Saavedra(OTROS) Texto Ingresado por: Josefina Torqui, Argentina (alumno)
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Paz Interior
Regresa a tu hogar, a tu burbuja de cristal, a tu mundo de papel, en el que te sientes tan bien
Regresa a tu lugar, a ese universo tan especial, en el que puedes soñar con llegar mas alla, donde todo es ideal, donde la utopia se vuelve real, donde los sueños se mezclan con la realidad
Te pido que regreses porque no perteneces aqui, porque te sientes mejor alli, porque aqui eres un alma perdida en medio de un mundo vacio, porque aqui te sientes abandonado y alli te sentiras a...
Autor:
Florencia Hernandez,
Argentina (visitante)
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